La doctrina eclesiástica marca
las normas sobre el comportamiento sexual en los católicos, creyentes. La
mayoría, irreverentes a las normas, no mantienen relaciones sólo por
reproducir, y usan condón. La Iglesia se mostró en contra de que en los países
más pobres del mundo las personas utilizaran el condón para evitar la
transmisión del VIH, SIDA. La epidemia,
que arrasa entre los que no tienen recursos, es en occidente una enfermedad
como el cáncer que se trata a estas alturas con retrovirales (medicamentos que
mejoran la calidad de vida de los infectados). Para nosotros los más y menos
jóvenes españoles y hasta europeos –algunos prudentes- comenzó siendo la
enfermedad de los homosexuales, con hábitos distintos a los nuestros,
heterosexuales. Después fue la enfermedad de los hemofílicos, luego la de los
drogadictos más enganchados a la heroína.
Alrededor de, construimos un mito- leyenda que a casi todos proporciona
cierta seguridad por la cual nosotros los heterosexuales con relaciones cuasi-estables
no corremos riesgos graves frente a esta epidemia. En otros lugares, la
enfermedad vence el desarrollo de los países proporcionando entre los más
pobres escasa o ninguna calidad de vida y esperanza. Pero la realidad muestra otras cosas. En Europa
occidental crecen las tasas del VIH,
porque la población joven heterosexual, mantiene prácticas de riesgo. Solamente
en 2003, entre 30 000 y 40 000 personas fueron infectadas por el VIH, lo que
hizo que el número de seropositivos pasara de 520 000 a 680 000. Los
invulnerables no son tales porque los jóvenes empiezan sus relaciones sexuales,
cuando son jóvenes y porque a los 14 o los 15 no se cae en la cuenta de que en
la mayoría de los casos, la persona con la que se encuentran, todavía no hizo
un pacto de fidelidad eterna. El riesgo reside solamente en no utilizar condón
con alguien a quien apenas se conoce.
En el mundo subdesarrollado no
hay preservativos, ni tampoco retrovirales. Es mejor, otra vez, llevarle la
contraria a la doctrina y pensar que por lo menos aquí sí tenemos la
posibilidad de elegir entre ser o no ser irresponsables con nosotros y con los
demás.
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