Y DORMÍAN...






La idea de que hombres, aparentemente normales, integrados en la sociedad, no apartados socialmente y con conductas propias de hombres, puedan cometer actos monstruosos, nos da miedo porque de ahí se deduce que "cualquiera" podría hacerlo.

Decía la periodista Isabel Valdés en El País, refiriéndose a los perfiles de los acusados “No los hay,(no existe un perfil) y es una de las cuestiones que se ha visto reflejada de forma más nítida en este caso. Contra la idea establecida en el imaginario social sobre quienes cometen agresiones hay una realidad que choca de frente: son hombres de cualquier edad, cualquier origen y cualquier profesión.” Y añadía: “Muchos, buenos hijos, buenos padres, buenos amigos, buenos hermanos, buenos abuelos”.

Lo cierto, es que esos señores estaban en el pueblo de Gisèle en el pueblo de al lado y dormían junto a sus mujeres por las noches. Dormían señorxs. Lo sorprendente es que dormían y vivían. Mantenían vidas aparentemente normales y pudieron taparse la cara al entrar al juicio que se hizo público gracias a Gisèle. Muchas especialistas, psicólogas y teóricas de la violencia sexual y la violencia machista, en general, señalan como esos hombres, que pasan a llamarse monstruos, escondiendo así lo verdaderamente horrible de este caso y muestran esa realidad y es que: hay un pacto de silencio entre los hombres que cometen las violaciones y están perfectamente integrados socialmente. Hubo un pacto, hubo un seguidor de Pellicot, hubo hombres que devastaron y callaron.

 

De los 72 hombres que violaron a Gisèle, solo 51 han sido juzgados. Las penas oscilan entre los 3 y los 20 años. No importa, dicen los medios, el número de años, sino lo que va a significar este caso. Gisèle, grande e inmensa salía así a declarar a cara destapada, sin gafas de sol, y sin esconderse. Lo que significa, ¿y qué significa?

Ellos se taparon la cara, porque la ley se lo permitía, la legislación francesa, siempre garantista, se lo permitía.

La misma legislación francesa, siempre garantista, como todas las leyes occidentales, en su gran mayoría también hechas por hombres, que ponía en duda si Gisèle estaba sedada o no después de más de 20.000 archivos, vídeos y fotografías que probaban sobradamente su estado de sedación.

La ley tiene historia. La presunción de inocencia se basa en un principio jurídico, probablemente básico. Pero cuánto cuesta, cuanto nos cuesta. Ese escalofrío que se produce ante tanta violencia, ante la violación reiterada.

Decían que todavía en Francia, el “consentimiento” esta palabra tan maleada en nuestro país y por la que se vapuleó a algunas lideresas políticas, no estaba integrada en el sistema jurídico francés. El denostado y polémico concepto jurídico del consentimiento.  Así que nos vemos en un caso como este, en que se cuestiona si la mujer estaba o no estaba dormida en las violaciones. Para demostrar la culpabilidad de los reos, entonces, hay que mirar el consentimiento, de la más que preclara víctima. Brutal, solo puedo decir que es brutal, que, ante actos semejantes, las consecuencias, no sean por lo menos históricas.

La dignidad de Giselle se impone. Decidió junto a sus hijos e hija, que se exponía, se exponía con un fin, ante la perplejidad y el horror que supondría para ella, vivir con ese hombre durante 50 años. Se exponía ante la posibilidad de que alguien siquiera dudara de su calidad de víctima. Porque esto de la “calidad” de la víctima, también se decide en estos procesos. Y Gisèle, desde cualquier mirada, es una víctima.

Por eso este proceso tendría que ser irreversible. Si las condenas no resarcirán todo el dolor causado a la víctima e hijos e hija, que aún no sabe si fue violada por su padre, sí debe ser algo que socialmente, se convierta en irreversible. Jurídicamente irreversible, socialmente irreversible. Que los violadores que hasta hoy no podían llamarse violadores, se vean apartados, avergonzados, humillados socialmente...

El lema feminista que acuñó una abogada ante la violación repetida de una pareja en 1974, “que la vergüenza cambie de bando”, debe ser para todxs, que los hombres se muestren en este bando, reivindiquen este bando, rechacen sin fisuras, cualquier conducta machista, por nimia que nos parezca.

Vivimos en un sistema que sigue justificando las conductas machistas, las explican y las respaldan y solo cuando una violación en masa en contra de una mujer, en un país occidental, se pone encima de la mesa, nos horrorizamos y tratamos de explicar, con psicopatías, abusos y enfermedades o locura, lo que no se puede excusar por inmoral y terrorífico.

No eran locos, ni psicópatas, los que violaban a Gisèle. Y dormían.

 

 

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